ART CRITICISM
EN SU VASTO universo de imágenes, colores y formas, la pintura de Mónica Janer se acrecienta como encarnación visual del pensamiento y vehículo de transformación espiritual. Si ha habido un arte relegado durante demasiado tiempo, específicamente, ha sido el de la mujer pintora; en Janer, sin embargo, la voz femenina resuena con fuerza renovada. No como eco del discurso dominante sino como corriente profunda que sabe reinventarse y fecundar lo inédito.
La pintura femenina no resulta simplemente una categoría biográfica y aquí constituye una sensibilidad que abre grietas en la mirada habitual, que reconfigura el gesto pictórico como acto de sanación y revelación. Janer se abre en el lienzo no solo para narrar historias o plasmar una visión estética, sino a manera de autoconocimiento, canal de lo simbólico, alquimia emocional.
Manos y mariposas. Dedos que aletean. Ondulaciones del cuerpo en el color que fluyen como agua entre los dedos. Mujeres que atraviesan el mar como una flecha ensimismada en el sopor de la profundidad. Variaciones incesantes del tema fundamental, estratégicamente vívido, que es la imaginación desatada. Mónica Janer desliza situaciones inverosímiles concentrada en revalorizar los instantes en fuga, en tanto momentos definitivos, hasta alcanzar la conclusión del movimiento deslumbrante.
En sus trazos hay herida y cura, escape y regreso, sombra y luz. Un aire que se esparce entre fragancias que el espectador siente que puede tocar.
La pintura, cuando brota del núcleo más íntimo, y este es el caso, se convierte en ritual de reconstrucción: cada pincelada cicatriza la piel desgarrada del alma. Porque Janer no se limita a la denuncia existencial: hace, ante todo, renacimiento. No culmina en el grito, sino en el canto. Esta creadora catalana, y universal, no pinta únicamente cuerpos, manos, mariposas… hace del tiempo humano un jardín iconográfico que florece en la conciencia. Sus cuadros constituyen mapas que invitan a mirar hacia dentro y reencontrarnos con zonas olvidadas de nosotros mismos.
Tal vez por eso la artista subraya: “Pinto para tocar esa parte tuya que olvidaste”. Esa parte que la rutina, el miedo o el oficialismo han sepultado. Que solo el arte sabe nombrar sin palabras. Las imágenes, en consecuencia, operan como rescate de lo invisibilizado: de los cuerpos silenciados, de los gestos mínimos, de los símbolos ancestrales en tanto sueños compartidos. Su pincel, más que herramienta, es médium, herida que sabe cantar.
En la tradición occidental, la pintura ha estado profundamente vinculada a lo etéreo. Desde los frescos medievales hasta los lienzos del Renacimiento, la imagen pictórica era el rostro visible de lo invisible. Pero la obra de Janer —a menudo íntima, incluso elegantemente erótica— propone otra verificación de lo sagrado: no la representación gloriosa de lo celestial sino una encarnación reveladora de lo cotidiano. Allí donde la historia del arte mostró ángeles, vírgenes y mártires desde ópticas masculinas, ella retrata lo divino en una mirada, en un cuerpo ondulante o una escena onírica.
Así, el acto de pintar desemboca en canalización poética de una conciencia que despierta, que reclama sus espacios transformando la vulnerabilidad en potencia discursiva. La intuición no se reduce a lo teórico; hay una sabiduría que nace de la experiencia encarnada, del amor vuelto color. Arte que sana.
En los cuadros de Mónica Janer fluye literalmente lo que el lenguaje no puede describir. El hecho de pintar, entonces, no pasa solo por representar; se trata de pensar con el cuerpo, sentir con la imagen, abrir portales entre mundos. Respirar lo innombrable.
En tiempos de crisis del sentido y desconexión espiritual, la imagen, en tanto poesía, vuelve a proponerse aquí como camino de regreso. Cuando esta mujer pinta, recrea constelaciones inspiradoras en el cielo del pensamiento. Nos recuerda —con ternura pero con fuego— que ver es también sanar, renacer en el vuelo de las mariposas del alma.
Armando Añel, verano de 2025
“PoETICArt”.
Poesía y Pensamiento en el arte de Mónica Janer.
…Persigue lo que es significativo y no lo que es conveniente (…) Más allá de lo que creas bueno o lo malo, lo que aceptas o rechazas y cualquier otro dilema moral, subyace (busca) lo que es Auténtico…
Las artes visuales y la poesía corren por caminos análogos e incluyentes en la historia y el ejercicio de la creación.
Aquello que buscas también te está buscando.
Desde el principio de esta “modernidad” (que se confunde con lo “contemporáneo” y donde no necesariamente coinciden), gran cantidad de magos de la ciencia, el arte, la palabra y las imágenes, integran al mismo tiempo, el sendero relativamente compensado y transversal de la Gnosis, sin frontera entre lo uno y lo otro: El Ethos en medio de la Fe y la Razón, la Universidad y la particularidad del Taller, la contemplación y la acción, la Vicaria y el Laboratorio; creativamente muy lejos del peligroso materialismo despoetizante, descubriéndonos el boxeo o la danza interdisciplinar (según se crea o se acepte), la pintura y la poesía, el vídeo arte y la música.
Pienso en antecedentes como el poeta incendiario Pablo de Rokha, el eterno sufriente Nicanor Parra o el artista boxeador Arthur Cravan; al calor de las vanguardias pretéritas. También en el cine, los versos y las asombrosas alucinaciones de Jean Cocteau con su “Opio. Diario de una desintoxicación”, y por igual sus “Dibujos españoles”; así mismo la combinación del sabio escritor, pintor y aviador Antoine de Saint Exupery con su “El Principito”; los “Acrósticos en el Jardín de Joan Miró” donde Rafael Albertí coquetea con la pintura, y viceversa; así mismo la magnífica creación teatral, plástica y multiversal del catalán Joan Brossa y su “PoETICA-Visual”, todo ello y más, mezclándose en esa sinestésia o confusión de los sentidos, que el maestro y curator de esta publicación AdriáN Morales denomina “Nomadismo interdisciplinar transfigurativo”.
Este libro es la magnífica presentación pública, de una artista comprometida, tan delicada como sublime.
“La pintura es poesía muda, la poesía pintura ciega” -advierte Leonardo da Vinci-.
Finalmente: “Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros” -sugiere Marcel Duchamp- con el “azar convergente”, donde descubro parte esencial del fundamento simbólico oracular de su obra (en la palma de mi mano, -foto adjunta-), “mariposa” al final de una cadena de oro en mi cuello, cuyo talismán acompaña mi familia y mi vida por generaciones. Confirmándome que nada es azaroso, en cambio “realidad concurrente”, si se quiere destino común, cuya obra conjunta y estética alianza, comienza a concretarse ya, descorrida de una vez “las telas del cielo” -cual “deseo” de W. B. Yeats-, pisando la roja alfombra bajo sus pies descalzos e impenitentes, que sin prisa pero sin pausa va, en presente constante, repleto de confesiones… Espejo cruzado al encuentro de si misma, (cada pieza es una íntima ofrenda) don que invariablemente avanza, aletea e insecta.
Monica embellece al Mundo, lo pretenda o no, su obra no es un fin en sí mismo, sino un medio para conocerse, acceso de crisálida madura, en la gestión de la luz que nos encuentra. Causalidades asombrosas empujándonos a descubrirle enlazada a la red invisible, donde cada color alma su propositiva pirueta.
Dibujo suelto, de colores puros y una densidad neofigurativa que le conecta con la transvanguardia italiana, y niega tanto la abstracción como otras formas tradicionales de representación,reintrodiciendo al ámbito de la pintura una permanente interferencia transdisciplinar. Audiovisual lenguaje, donde el verso complementa los lienzos, el acrílico y esas texturas saturados, cuya motivación colorista (a veces pulsión) clama crear una doctrina sistémica del “self-made”, ese montón de mujeres (retratos) que no son más que ella misma vista y sentida en mil (otros) rostros, un arte que trasciende al género, la raza y el origen, pero tampoco huye de él. Soberbias imágenes dispuestas a disolver la identidad, esa pétrea costra que fija, ahora vuelta “Yo plural Alejandrino”.
Autorretratos que ¿no? son, sino “el Todo” (en) ella misma, consiguiendo alcanzar al espectador ante la multiplicidad de su unidad.
De manera anecdótica y personal, refiriéndome al flechazo inmediato con su obra, debo agregar, que existe una tradición Turca (mi país natal) donde “la Mariposa” es un sagrado talismán de protección para los nacidos (como yo) bajo el Sol de abril. Mi madre (a sabiendas) me colocó esta simbólica cadena al cuello, al arribo de mi mayoría de edad, y desde entonces la llevo, -si se quiere- imantando nuestro rumbo/destino/Dharma, tras el “lepidóptero” psicomágico, señalando la voluntad mistérica y el propósito de conocernos, a través de su obra, Joya común de trabajo conjunto.
Diferentes corrientes artísticas, abordan lo conceptual, lo efímero, y lo procesal, por lograr cierta metafísica creativa, que conlleva/contribuye a su misma divagación y desaparición sustancial. El filósofo Jean Baudrillard en “La Transparencia del Mal” (1993) indica que: “…el minimal art, el arte conceptual, el arte efímero, o el antiarte, habla de su desmaterialización. Toda una estética de la transparencia, la desaparición y la desencarnación… pero en realidad trata de como esa estética misma se materializa en todas partes, bajo innumerables formas operacionales, (créase incluso totémico psicopompo). A ello se debe, además, ese minimalismo forzado a interpretar su propia desaparición”. (pág. 23 -la variación es mía-). Sin embargo, el arte conceptual constituyó una transformación artística, aportando una concepción diferente del arte con nuevos métodos y materiales, que a pesar de buscar disolverse y desmaterializarse, es justamente lo contrario, una tendencia hacia el objeto físico, sin liberarse de contenidos sociales, políticos o culturales. Razón por la que considero no solo difícil sino imposible la no-objetualización inmaterial, pues el público, el receptor humano, siempre necesitará un referente para comprender la obra.
Insistía Niceforo patriarca de Constantinopla en una arenga iconoclasta: “Si desapareciera la imagen y con ella el Cristo, desaparecería todo y el Universo entero”.
En otro sentido, el arte hoy ha dejado de ser elitista, ganando terreno y popularidad, sobre todo a raíz de la comercialización de las reproducciones y serigrafías. Cualquier persona hoy puede llevar una camiseta impresa con una obra de Picasso, una agenda con portada de Van Gogh, una gorra de los relojes blandos de Salvador Dalí, exaltando la familiarización del arte y el diseño, que insta a un popular debate general o -cuando menos-, una irreversible Mundialización de las marcas de/para una estética y/o unas formas más que reconocibles, insertas en la más rotunda cotidianidad.
Hablo no sólo un “arte como idea” (Josep Beuys) sino un destino en la pintura, la realidad y la sustancia sobre la praxis vital. Devolviéndonos al bodegón, al retablo, al legítimo encargo, incluso al retrato como figuración representativa del “todo”, a propósito del sinsentido (forma y contenido).
La gran contradicción del mercado del arte y y ene su núcleo ahí, pues mientras reproducen un Klee en una camiseta a un valor irrisorio, en una subasta la obra original puede alcanzar precios exorbitantes. Abismo abierto entre el valor de uso y la sustancia esencial del valor (no dije precio, cuestión evidentemente distinta).
Así mismo, ese mercado (paradójico y de dobe dirección) convertido en regulador del valor de las obras, no sólo del arte, (que la/le consagra), eleva y derrumba al mismo tiempo, cualquier esfuerzo de consistencia e integridad en los discursos, la supuesta irreversible linealidad histórica y recalca la metáfora del “eterno retorno”.
Así, si un artista actualmente está fuera de la relativa legitimación que (re)produce el mercado, en realidad es como si no existiera. Reconociendo de una vez la extraña soberanía y poder absoluto del arte y el diseño sobre casi todas las cosas, instalando incluso la (auto)explotación de los artistas, en innumerables ocasiones, sin que seamos conscientes de semejante situación.
Por tanto la valoración del arte ya no es sólo a través de la crítica, sino básicamente por el mercado.
Y parece no importar si es un pastiche, un «neo» ismo, nada acerca de nada, incluso si es realizada por equis persona o simple “vacuidad” abstracta, “valor” distinto a cualquier teoría plañidera del viejo y obsoleto Marx, sin otra consideración, que no sea retaguardismo.
De esta forma, muchísimos factores han generado caos en el arte, donde observamos gran cantidad de corrientes actuales que en realidad no aportan ni transforman nada; vueltas planteo de situaciones ridículas, demasiado superficiales incluso absurdas, que no brindan verdadera reflexión.
Se me ocurre en particular el “body art”, pues a propósito como manifestación performática, resulta más una expresión política antitética del cuerpo, la mayoría de las veces sin sentido estético, más que una teorización paliativa, cuya obra queda a la saga respecto a su pretensión de propuesta ideal. Condición que resuelve el teatro, la danza o el mimo.
Actualmente, en medio de este caos profuso, pretendidamente artístico del panorama contemporáneo, es difícil determinar un destino del valor de la estética del arte.
La obra de Mónica Janer es una vuelta al metiér, al oficio, a la reconstitución del retablo y el arte entendido de la forma más clásica, reconstitución además de ciertos protocolos y reglas del simbolismo, la hermética y lo pretérito oracular, esta vez colocando(nos) en primer plano, esta poderosa reflexión figurativa real de la mujer discursándose a sí misma sin filtros delimitadores, de/para “neo” conditio y virtuoso protagonismo, donde la belleza recupera el “Mundo perdido” en impertinentes e imposibles retóricas demasiado intelectuales, innecesarias y sobrestimadas.
Confío en el Talmud cuando sugiere que: “El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela”. Alguna vez le escuché decir al extraordinario educador Sir Ken Robinson: “Todo niño es un artista: pues cree ciegamente en su propio talento. Su razón radica en que no tienen ningún miedo a equivocarse… (todo bajo la luz de la pasión). Hasta que el sistema les va enseñando (-entiéndase por igual- sometiendo, deformando y programandolos) poco a poco, a que el error existe y que deben avergonzarse de él.”
Monica Janer es una artista pujante, esforzada, luchadora, segura, voluntariosa y su talento nunca hace tarde. Por difícil que fuese, en paralelo, tampoco renunció ni se perdió el sacrificio de ser madre, esposa abnegada y creadora actante al mismo tiempo, mujer amplia sin contradicción excluyente, ni postergadora de tanta razón poética: Su pintura, el arte, la palabra… Eje donde gravita la autocuración reflexiva, pro neuralidad consecuente para-lingüística, probándonos la libertad de ser, obrar y despertar del sueño.
Complice del maestro Adrian afirma: “Un sueño no es aquello que sientes y vives mientras duermes, sino aquello que sientes y vives pero no te deja dormir”. Y empuja hacia todo lo que hemos deseado, amado y creado, con valor e inteligencia, por ser el asueto fulgor de nuestra consciencia, que comienza a vivir en nosotros mismos la cultura, la sociedad y el Mundo que deseamos sea. Así moja los pinceles en su alma y pinta su propia naturaleza.
Mahpare TANIN.
(Abogada, productora, coleccionista, representante y galerista). Estambul, verano del 2025.
Mónica Janer y el resplandor de una sanAción.
Una arúspice moderna
a contracorriente salMÓNICAmente (…) amar es enriquecerse,
más allá de que lo quieran a uno…
Canción tema “La balada de Simbad”,
Cd La hija de Sirio, de AdriáNomada
CON ESE SESGO naïf casi infantil del imago, técnicamente ha crecido lo sufi ciente para presuponer los dones que bajo tan coloreado manto intuye y puede. Hay belleza en cada cosa que hace y llena de vida. La pureza de cruzar descalza sobre la pintura transitando otros brillos, algo que reconstruye el “tiempo perdido y recobrado” de haber estado juntos al lado de la luz. Linterna que cede al ámbito femenino, generador de un entusiasmo por vivir hechizado@.
Rostros son siempre el suyo, en tanto ajeno (otros) sin embargo el mismo, cuando la identidad se comprende como continuo proceso de “(des)identifi cación” o voluntad asunción de las disimiles identidades en un@, tod@s o acaso ningun@. Metamorfosis de mil rostros, bajo la multiplicidad adimensional del corpus Akásico del destino.
Janer pinta invariablemente en primera persona, entrecruzando visiones salvajes, singularidad bastante más sana y virgen distinta que una Frida permanentemente autorreferencial y autobiográfi ca, plus cierta sutileza aristocrática cercana a Leonor Fini, habitando contextos más próximos, inmediatos y ácidos, donde el fl úor, entre otras iridiscencias, conduce al extrañamiento, a veces a lo sobrenatural, lo sorprendente, incluso lo distinto. Perfi les auráticos fl orales tras el pistilo y el perfume que se intuye sobre las alas doradas u omnipresentes de este “efecto mariposa oracular”, síndrome del vuelo post-crisálida, por no ser arrogantes al mentar la belleza transurreal que estalla omnisciente, atemporada, pretendida y buscadora, bajo el laberinto gnóstico de los colores.
“Organon” tractatus logicus de quien se descubre atravesando los últimos coletazos —San Juan de la Cruz dixit— de “la noche oscura del alma”.
Sibila sobre el tablero etrusco, mostrándonos “el bronceado hígado de Piacenza”. La cartográfi ca adivinanza de l@s “C@sas” astrológicas que Plinio y Cicerón defi niesen como “Modelos del Mundo”. Así su obra se transforma en la brújula del presagio, cabalgando cada morado relámpago; aunque solo sea para hacernos sentir el eterno fl uir de las aguas de Heráclito y el inmortal canto del ruiseñor inscrito, sin dudas, sobre un verso de Teócrito, la piedra filosofal erguida como oráculo para mi tinta, una vez absorta su danza en el espejo.
Y es ahí donde el arte deja de ser importante como prestigioso término occidental al límite, volviéndose medicina, auto-terapia, al rescate, colocando cada alma en vilo, alineada al vórtex sanador de otra consciencia, tropel sendero paradójico sabiendo que “para brillar hemos de arder” y la soledad (aunque con todos) duele una vez empujados al estéril desierto de la razón incomprensible. Obra que desea restituir el entusiasmo, la fe, la emoción, las perdidas mariposas anidando el ombligo con ese cosquilleo de la luz poderosa si te acercas al fuego bautismal, besando la fuente, “la rosa sobre la cruz”; o las manos fraternas de un simbolismo arcaico, cuyo regalo es el Oro Masónico. Legado sobrenatural de “SaloMónica Clavícula”, vértigo al filo aurático de la daga hermenéutica de Cagliotro. Y no es el arte, sino su experiencia vital, no son los pigmentos ni los óleos, sino la alquimia transubstancial quien nos brinda un adecuado “protocolo de lectura” para el alma que (de/a)sciende sola a mezclarse homúnculo Paracelso de generación espontánea. Humores del cielo interior donde zozobra la inquietud, instalando la ternura y la confianza como bitácora definitiva, en la aporía del sueño (imágenes de ensueños).
Una mirada femenina descentrada que sin despejar el género no adorna, ni edulcora, y en cambio revela su pirofagus magma de arcoíris a chorro entre los labios.
Torbellino de Estrellas al río que muge cual rayo bendito de cielo interior constelando sin prisa la barca que va (en una de sus piezas) hacia la omnipresencia sintiente de naturaleza contenida e indómita… exuberante, sagrada y por igual erógena, paradójicamente próxima pero de igual modo exótica. Trazos silenciosos que sumergen al espectador profano, incluso no avisado en bellas artes, bajo el seductor hechizo de una minuciosa mirada, ámbito poblado de fémin@s paramundos inventos, gráciles asaltos a la imaginación.
Hemos de analizar y concebir su obra inmersa en una exploración de L’Art Total. Donde la imagen preponderante, sus óleos, pinturas y dibujos, dan lugar al vídeo, la intervención interactiva, la poesía, la música, incluso la actuación, ella misma protagónica de una didáctica para la sensibilización sublime. Otra de sus maestrías en arte, psicología del color y gracia de la belleza. Y no solo como plástica, aislacionista y concreta. Es todo un proceso sinérgico mucho más ambicioso y amplio.
Una atmósfera convocatoria, que invita a cruzar la tela involucrada, concebida, descrita, perpleja y lista para nuestros sentidos ingentes. Y serás… “la puesta del sol/ lunar siempre perturbador(a) (…) sea teatral o apagada (…) aún más conmovida (…) cuando el último brillo desesperado te vuelve llanura y herrumbre… horizonte de barro donde todo pierde la pompa y enmudece al sobrenatural crepúsculo del clamor poniente. Difícil es/será aferrarse a esa luz tan diferente y tensa. Una alucinación que el miedo humano a la oscuridad traza, en el espacio que cesa de inmediato (…) al darnos cuenta (…) rompiendo el sueño una vez que el soñador(a) se sabe soñand@, erguid@, despiert@… alucinógen@.
AdriáNomada, verano de 2025
Mónica Janer y el resplandor de sanación. Una Arúspice moderna
La obra de Mónica Janer brilla con un resplandor sanador, una luz íntima que parece emanar desde lo más profundo de su ser y de su arte. Janer se presenta ante nosotros como una arúspice moderna – es decir, como una vidente contemporánea que, al igual que los antiguos arúspices romanos (sacerdotes que interpretaban señales ocultas leyendo las entrañas de animales sacrificados), busca descifrar mensajes profundos más allá de la superficie visible. En lugar de entrañas, ella examina símbolos, colores y materia artística; en lugar de antiguos rituales, utiliza el acto creativo. Por eso el autor de este texto la apoda simbólicamente “SaloMónica Clavícula”, un nombre que fusiona su propio nombre con la legendaria Clavícula de Salomón (un antiguo texto místico atribuido al sabio rey Salomón). Con este nombre se sugiere que Janer posee llaves ocultas – “clavículas” en el sentido de claves o llaves mágicas – para abrir portales de sabiduría ancestral y sanación a través de su obra.
Como artista, Mónica Janer explora su mundo interior con honestidad y profundidad. Cada creación suya nace de una especie de ritual de introspección: Janer bucea en sus experiencias, sus emociones, incluso en sus heridas personales, y las ofrece en el lienzo o la escultura transformadas en formas y colores. Es en este proceso donde su arte adquiere un carácter sanador. “La herida es el lugar por donde entra la luz”, escribió el poeta místico persa Rumi en el siglo XIII, refiriéndose a cómo de nuestras heridas puede surgir la iluminación espiritual. De manera similar, Janer convierte las heridas de la experiencia en fuentes de luz. Aquello que alguna vez causó dolor o incertidumbre es transmutado por su mano artística en algo bello y luminoso, capaz de traer consuelo y entendimiento. En cada trazo y en cada volumen, la artista parece buscar una gnosis – un conocimiento espiritual profundo – que va más allá de lo racional y toca lo intuitivo y lo sagrado. Sus obras son, en cierto modo, oráculos personales: en ellas podemos leer ecos de vivencias universales y, a la vez, encontrar reflejos para nuestra propia búsqueda interior.
Hay en la obra de Janer algo de alquimia espiritual. Al igual que los antiguos alquimistas intentaban convertir el plomo en oro (símbolo de transformar lo ordinario o doliente en algo puro y valioso), Mónica Janer logra convertir la oscuridad en claridad, el caos en significado y la emoción en curación. Sus lienzos y esculturas funcionan casi como retablos contemporáneos o altares laicos: en ellos, los pigmentos, las texturas y las formas cobran vida como elementos sagrados. Janer suele emplear colores, brillos y materiales que evocan la naturaleza – tonos tierra, destellos dorados, formas orgánicas – creando una atmósfera ritual. Estas composiciones invitan a la contemplación pausada; son espejos alquímicos donde la materia se espiritualiza y el espectador puede sentir que algo se mueve en su interior. De hecho, su arte provoca en quien lo observa una suerte de catarsis, esa purificación emocional de la que hablaba Aristóteles (el filósofo griego) al definir el efecto del arte y la tragedia en el alma humana. Frente a una obra de Janer, uno experimenta una liberación sutil: como si las emociones estancadas comenzaran a fluir y encontraran un cauce, como si una energía benéfica nos envolviera con suavidad.
No es casualidad que numerosas tradiciones a lo largo de la historia hayan vinculado el arte con la curación. En las culturas chamánicas, por ejemplo, la pintura, la danza o los cantos rituales servían para sanar el espíritu de la comunidad, actuando como puentes entre el mundo físico y el mundo de lo espiritual. Mónica Janer se hace eco de esta ancestral conexión. Su trabajo retoma esa función primordial del arte como camino de sanación y la actualiza en clave contemporánea y personal. Cada obra suya es una invitación a un viaje interior, un viaje de retorno a uno mismo. En ese sentido, podemos decir que el “resplandor de sanación” al que alude el título no es solo metáfora: es casi tangible al recorrer sus pinturas y esculturas, que irradian una energía cálida y reconfortante. Ese resplandor nos envuelve y nos habla en silencio, como hablan los símbolos y los sueños, guiándonos hacia preguntas y revelaciones importantes sobre nuestra propia vida.
En Mónica Janer y el resplandor de sanación. Una Arúspice moderna, Adrián Morales Rodríguez (AdriáNomada) nos presenta a una artista que oficia de curandera del alma a través del arte. Janer, con su mirada de SaloMónica Clavícula, nos entrega las llaves para adentrarnos en un espacio donde el arte sana, donde la luz emerge de la oscuridad, y donde lo sagrado y lo cotidiano se entrelazan. Su obra, cargada de simbolismo poético y profundidad conceptual, permanece accesible a todo aquel dispuesto a sentir: habla el lenguaje universal de las emociones y de la belleza, un lenguaje comprensible para cualquier observador aunque no conozca las referencias específicas. En última instancia, el trabajo de Mónica Janer nos recuerda el poder transformador del arte: cómo una pintura o una escultura, nacidas del encuentro sincero de una artista consigo misma, pueden convertirse en espejo y medicina, en conjuro y abrazo. Quien se acerque a su resplandor de sanación hallará un refugio para el espíritu y quizás, al mirarse en ese espejo artístico, descubra nuevas claves para su propio camino de comprensión y crecimiento interior.
Curaduría de Adrián Morales Rodríguez (AdriáNomada).
